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- La muerte del ego
En este camino que va desde la noche oscura del alma, de la que ya os he hablado en otro artículo a la supuesta muerte del ego, hay un transitar que sencillamente hace que cambie la forma en la que viví algunos procesos. Un decorado mal iluminado donde mis rezos caían como piedras al agua y Dios, o el universo, o lo que fuese que me sostuviera se fue sin avisar. Hoy desde este punto os quiero compartir algo. Y es que ahora lo veo como un instante más sutil, que traía algo mas profundo aún si cabía, donde la vida perdió su textura y color habitual. En realidad aquel aviso no fue tan ruidoso, lo recuerdo más como un susurro que surgía desde lo más profundo donde el alma luchaba por salir. Lo cotidiano dejó de importar; aquello que antes parecía vital se fue volviendo transparente y vacío. Un llamado que parecía decirme: “Mira más allá de lo que sabes que eres, de lo que crees ser”, aunque yo entonces lo viví como una muerte, la muerte de una parte de mi... de mi Yo. Esa tristeza y ese miedo, ni siquiera dolían. Solo había algo dentro de mi que reclamaba atención. Un desasosiego, como caminar sobre la tierra y que se vuelva aire. Algo en mi sabia que el mundo conocido ya no bastaba para explicar mi existencia. Así que eso que sientes es el inicio del descenso: la soledad interna se intensifica, la mente deja de encontrar refugio en el ego, en las historias familiares y conocidas. Lo que antes parecía inamovible se disuelve, y surge la introspección más pura. La quietud duele, ama y se expande a la vez, como si tu sombra se alargara hasta tocar todo aquello que antes negaste en ti. Y te cuestionas absolutamente todo. La noche oscura no llega para castigarte; te obliga y te enseña a soltar. Intentar controlar cada pensamiento o emoción será inútil. La resistencia tiende a disolverse. Ligereza y vacío conviven con miedo; los gritos del ego se transforman en ecos. La mente observa, pero ya no interfiere. Al permitir que todo fluya, el alma se convierte en un espejo. Cada emoción, cada pensamiento, cada miedo se refleja sin juicio. Todo es transitorio; la identidad que sostenías no define tu ser. Aparece claridad, neutralidad. Como mirar un río: no eres el agua ni la orilla, sino el espacio que permite que todo exista. Aquello que empezamos a confundir con falta de seguridad, un vacío bajo nuestros pies y la perdida absoluta de criterio existencial es la muerte del ego y no es un evento dramático. No es una desaparición, ni un castigo, ni siquiera una recompensa, aunque tendamos a encasillarlo. Es técnicamente un cambio de perspectiva: aquello que llamamos “yo”, tejido de pensamientos, deseos y recuerdos, deja de ocupar el centro de la experiencia. El ego funciona como un filtro que interpreta la realidad a través de la necesidad de control, comparación y permanencia. Y es quien provoca esas emociones...no son tuyas. Él solo se disfraza de ti para sobrevivir. Su muerte no es un asesinato, sino el propio reconocimiento de su condición limitada. La conciencia observa al ego como lo que es: formas pasajeras que surgen y desaparecen en un espacio más amplio de percepción. Y al vivir en presencia el ego deja de gritarle a tu conciencia. Y si lo hace ya lo lo escucha. Cuando el ego deja de exigir atención, su poder se disuelve en la quietud de la conciencia. Surge amplitud infinita, serenidad absoluta, libertad silenciosa. No domina ni el placer ni el dolor; solo queda presencia pura, observadora e integradora. Cambiará en ese momento la relación del ego con tu conciencia e intentará causarte dolor desde la nostalgia de lo que un día fue. Lo encontrarás encogido y acurrucado en un rincón con los hombros caídos y los ojos húmedos pidiéndote que no lo dejes solo. Te recordará lo fuerte que eras junto a el, las grandes cosas que habíais defendido y te culpará por destruir todo lo que un día armasteis con esfuerzo. Pero eso solo es un acto desesperado por no soltar el control sobre ti, así que, yo por lo que a mi respecta, lo recibo con amor y lo dejo ir en forma de abrazo cada vez que me visita, con todo lo que supone generar nuevos patrones y liberarme de mis creencias y, sobre todo, haciéndome única responsable de ello. Así es como la vida va volviendo a su flujo, pero desde un lugar diferente. Sin la tiranía ni manipulación del ego, cada acto nace de la conciencia y no de un “yo” que necesita reafirmarse. La compasión, la percepción y la acción surgen de manera natural. Se percibe armonía, equilibrio, aceptación de todo lo que es. La noche oscura del alma revela su sentido: era solo la invitación a mirar más allá de lo conocido, una quema lenta de todo lo que no era real; la muerte del ego, la expansión silenciosa que responde a ese llamado. No se trata de eliminar tu vida, sino de transformar la relación con ella. Las acciones ocurren sin necesidad de afirmación personal; los pensamientos fluyen sin identificarse; tiempo y muerte se perciben como parte de un flujo continuo, no como amenazas a un “yo” independiente. La conciencia se muestra como anterior, más vasta que cualquier identidad personal, manifestándose en la serenidad de la mente, la claridad de la percepción y la comprensión intuitiva de la unidad de todo lo que existe...y eso si eres tu.
- Catarsis, la noche oscura del alma
Esa oscuridad no llega, se apodera. Se desliza como la niebla, no se ve, pero te envuelve. No te da tiempo a prepararte. Se instala en las esquinas y se te mete en la piel. Es oscuridad pero también es el olvido, el desvanecimiento de todo lo que creías conocer. Y entonces, la carne se torna inerte y vacía, el alma se disuelve en su propio peso, y la mente, como un engranaje oxidado, se atora. El cuerpo, que siempre fue liberación, se pliega bajo el peso de su piel. Se convierte en la cueva que acoge lo que ya no tiene forma. No hay memoria, no hay fe. Hay solo un susurro que apenas se puede oír, ni siquiera te toca. Pero ahí está el alma consciente. Perdida, flotando en un mar sin orillas, sin estrellas, tratando de salir a buscar auxilio. No sabe qué la retuvo tanto tiempo ahí, pero necesita irse, zafarse, porque siente que en ese espacio ya no se reconoce. En ese vacío empieza a aflojar la cuerda que la mantiene atada a la vida, el cuerpo ya no puede sostenerla, las paredes de su prisión se deshacen. Quiere volar, huir, pero no puede. La pared de piel le quema, y ella se retuerce. Y es ahí, en el borde de ese abismo, cuando la mente le empieza a gritar. Un ruido que no es voz, sino un crujir profundo, una vibración que recorre cada fibra. La mente la llama una y otra otra vez, la sujeta con promesas vacías. Pero el alma ya, ni quiere ni puede creer. Le lanza preguntas como cuchillos. "¿Dónde vas, inútil? ¿Dónde te crees que vas? Aquí no hay salida. Estás atrapada en tu propio juego". Pero el alma no responde. Ya no tiene fuerza para discutir en ese campo de batalla que es el cuerpo inmóvil, dolorido y desolado. En el último suspiro de esperanza algo parece disolverse, el alma da un paso hacia adelante, ya no tiene el control. "Estamos a la deriva, abandonados... Quizás allí afuera encuentre lo que tu jamás nos supiste dar" "No creo siquiera que estés entendiendo lo que pasa y aquí hace demasiado frío". La guerra acaba de empezar. Es la mente quien la somete, no se rinde ante el peso de lo incontrolable. Tampoco hay salvación en el exilio y ellas lo saben. Pero el alma despierta: "la lucha es lo que me ha mantenido atada en este ciclo" le dice. El silencio se vuelve mas denso en el proceso de la aceptación de lo que está roto, la conciencia de lo que ya no es. Se miran fijamente...es una renuncia suave, como el último aliento de un animal herido que ya no lucha. La mente, desconcertada, la sigue observando. No entiende por qué la guerra se ha detenido sin más, por qué ya no hay resistencia. Y atrapada en su propia obsesión por el control, trata de encontrar otra salida. Pero tampoco puede. Siente cómo el pecho de ese cuerpo se expande, cómo lo que antes era peso se convierte en pluma. No es una fuerza externa, no suena a esperanza de salvación. Es una quietud, un espacio vacío que se hincha. No es la mente quien tiene la respuesta. El alma, ha dejado de resistirse. Es la quietud absoluta, la rendición a la fragilidad humana, lo que les lleva al despertar. Y es así, en la suavidad de la rendición, cuando se dejan explicar. Reconocen su vulnerabilidad como parte de su existencia. La mente ya no grita. El cuerpo ya no sangra. Pasó la tormenta y al amanecer el primer hilo de luz entra en ese abismo, no es un destello brillante, no es una mañana prometida. Es solo un suspiro de alguien que yacía abandonado y moribundo. El alma respira con la conciencia de que no debía haber deseado huir. El cuerpo, como un río de aguas cálidas, finalmente aumenta el pulso y empieza a fluir. Y la mente, por primera vez en mucho tiempo, se detiene. Esa catarsis no es una explosión. No es una revelación. Es una pausa, un suspiro profundo en una noche oscura. Una agonía que no entiende de horas. Pero también es el renacer de algo que nunca estuvo muerto aunque lo pareciera, pero que se había olvidado de creer. Aunque esa paz no es el fin de la lucha, no dejemos de creer.

