Catarsis, la noche oscura del alma
- Mey Segura

- 13 ene
- 3 Min. de lectura
Esa oscuridad no llega, se apodera. Se desliza como la niebla, no se ve, pero te envuelve. No te da tiempo a prepararte. Se instala en las esquinas y se te mete en la piel. Es oscuridad pero también es el olvido, el desvanecimiento de todo lo que creías conocer. Y entonces, la carne se torna inerte y vacía, el alma se disuelve en su propio peso, y la mente, como un engranaje oxidado, se atora. El cuerpo, que siempre fue liberación, se pliega bajo el peso de su piel. Se convierte en la cueva que acoge lo que ya no tiene forma. No hay memoria, no hay fe. Hay solo un susurro que apenas se puede oír, ni siquiera te toca. Pero ahí está el alma consciente. Perdida, flotando en un mar sin orillas, sin estrellas, tratando de salir a buscar auxilio. No sabe qué la retuvo tanto tiempo ahí, pero necesita irse, zafarse, porque siente que en ese espacio ya no se reconoce.
En ese vacío empieza a aflojar la cuerda que la mantiene atada a la vida, el cuerpo ya no puede sostenerla, las paredes de su prisión se deshacen. Quiere volar, huir, pero no puede. La pared de piel le quema, y ella se retuerce. Y es ahí, en el borde de ese abismo, cuando la mente le empieza a gritar. Un ruido que no es voz, sino un crujir profundo, una vibración que recorre cada fibra. La mente la llama una y otra otra vez, la sujeta con promesas vacías. Pero el alma ya, ni quiere ni puede creer. Le lanza preguntas como cuchillos. "¿Dónde vas, inútil? ¿Dónde te crees que vas? Aquí no hay salida. Estás atrapada en tu propio juego". Pero el alma no responde. Ya no tiene fuerza para discutir en ese campo de batalla que es el cuerpo inmóvil, dolorido y desolado.
En el último suspiro de esperanza algo parece disolverse, el alma da un paso hacia adelante, ya no tiene el control. "Estamos a la deriva, abandonados... Quizás allí afuera encuentre lo que tu jamás nos supiste dar" "No creo siquiera que estés entendiendo lo que pasa y aquí hace demasiado frío". La guerra acaba de empezar. Es la mente quien la somete, no se rinde ante el peso de lo incontrolable. Tampoco hay salvación en el exilio y ellas lo saben. Pero el alma despierta: "la lucha es lo que me ha mantenido atada en este ciclo" le dice. El silencio se vuelve mas denso en el proceso de la aceptación de lo que está roto, la conciencia de lo que ya no es. Se miran fijamente...es una renuncia suave, como el último aliento de un animal herido que ya no lucha. La mente, desconcertada, la sigue observando. No entiende por qué la guerra se ha detenido sin más, por qué ya no hay resistencia. Y atrapada en su propia obsesión por el control, trata de encontrar otra salida. Pero tampoco puede.
Siente cómo el pecho de ese cuerpo se expande, cómo lo que antes era peso se convierte en pluma. No es una fuerza externa, no suena a esperanza de salvación. Es una quietud, un espacio vacío que se hincha. No es la mente quien tiene la respuesta. El alma, ha dejado de resistirse. Es la quietud absoluta, la rendición a la fragilidad humana, lo que les lleva al despertar. Y es así, en la suavidad de la rendición, cuando se dejan explicar. Reconocen su vulnerabilidad como parte de su existencia. La mente ya no grita. El cuerpo ya no sangra.
Pasó la tormenta y al amanecer el primer hilo de luz entra en ese abismo, no es un destello brillante, no es una mañana prometida. Es solo un suspiro de alguien que yacía abandonado y moribundo. El alma respira con la conciencia de que no debía haber
deseado huir. El cuerpo, como un río de aguas cálidas, finalmente aumenta el pulso y empieza a fluir. Y la mente, por primera vez en mucho tiempo, se detiene. Esa catarsis no es una explosión. No es una revelación. Es una pausa, un suspiro profundo en una noche oscura. Una agonía que no entiende de horas. Pero también es el renacer de algo que nunca estuvo muerto aunque lo pareciera, pero que se había olvidado de creer.
Aunque esa paz no es el fin de la lucha, no dejemos de creer.


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